Puto orgullo!

  

Mirad que me molesta el orgullo. Y seguramente debe ser un espejo de mí mismo. No lo sé. Pero me engancho a él. Demasiado.
Y resulta, que todos, o casi todos, tenemos un punto de orgullo. Y no me malinterpretéis. El orgullo nos da fuerza para hacer cosas. Nos da dignidad. Defendemos nuestros ideales. Y somos capaces de tener una sana autoestima. Pero, ay! Cuando el orgullo se descontrola. Cuando nos enturbia la cabeza…
Y entonces, perdemos ese punto de humildad que también nos es útil. No nos deja pedir perdón. No nos deja pensar de forma clara. Tenemos la razón. Secuestrados emocionalmente, no somos capaces de razonar. Ni de hablar. El orgullo se mezcla con ira, enojo, y sólo hay que mirar a los ojos de la persona que siente ese orgullo mezclado con el enojo, para sentirte Dr. Carl Lightman, y notar como la mirada se te clava en tus ojos… Un orgullo que no acepta te quieros, ni disculpas, ni te deja decirlos ni te deja recibirlos. Sólo tienes ganas de enfadarte más, y no reconocer que te has equivocado. Porque, todo el mundo se equivoca. Alguna vez. Y, a veces, no tenemos razón.
Estos somos Martí y yo esta mañana. Enojados. Orgullosos. Con la mirada risueña de Nil, de fondo, sin entender nada. Y Martí y yo mirándonos. Enojados. Martí se había enfadado con Nil. Nil con Martí. Y por la propiedad transitiva padre-hijos, nos acabamos enfadando Martí y yo. Y Nil…como si nada…
Y si mezclamos ahí el orgullo…combinación explosiva. A Martí le cuesta bajar del burro. Porque no sabe encontrar el burro. Se lía. Y lo dice claramente: “Papá, no sé qué me pasa que me lío”. Pero cuando le sale el orgullo, el orgullo Martinense, se acaba todo. Ya no se puede hablar. GAME OVER. Y es mejor dejar pasar el rato, sin decir nada. Que se calme. Y al cabo de un rato, mágicamente, ya está. No se acuerda. Es un orgullo de los de “easy come, easy go”. Pero hoy no teníamos tiempo de hacer esto. Tenía que salir del coche y subir al autobús para ir a Fonollosa. Y no quería. Estaba enfadado y orgulloso, y no quería (podía) reconocer el enojo ni el orgullo. Y le he tenido que coger y llevarlo hasta el autobús…
Y no hemos tenido tiempo…yo le he esperado, como cada día, al lado del autobús para decirle adiós, y marchar al lado del autobús como si los siguiera caminando, a los dos, pero sólo me miraba Nil, sonriente, ajeno a lo que pasaba…y Martí, enfadado, no me ha ni mirado. No me ha dicho nada. Bueno, justo 5 minutos antes me ha dicho que ya no quería vivir más conmigo. Cosas del orgullo. Sé que le pasará. Pero a mí, me ha hecho daño. Y no hemos tenido tiempo para arreglarlo. Y hoy, llegaré a casa sobre las 23 horas. Y ya dormirá. Y yo…voy a entrar de puntillas en la habitación, me pondré en su cama, y ​​la abrazaré, le daré un beso y le diré que le quiero, mucho, y que aunque él no quiera vivir conmigo y, a veces no me quiera, yo, le querré siempre, pase lo que pase, y estaré a su lado…con orgullo, enojo y lo que sea. Tiene 5 años. Mariona y yo tenemos la obligación moral de enseñarle a manejar las emociones corectamente…
…y resulta que tenemos dificultades con el orgullo…lols cuatro…los unos con los otros. Somos espejos. Y maestros. Mariona, Martín, Nil y yo. Y aprenderemos. Lástima que hoy hemos perdido una oportunidad. Ya tengo ganas de llegar a casa por la noche y arreglarlo. Puto orgullo!

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