A veces, miramos como andan las hormigas…

  
A veces…miramos como andan las hormigas… 

Si empiezo hoy diciendo que vivimos en un mundo donde todo va muy rápido, seguramente pensaréis que es obvio y que ya hace mucho tiempo que hablamos de ello. Estamos en una época donde todo se hace rápido, muy rápido. Y no basta con hacerlo rápido, sino que, además, debemos ser capaces de hacer varias cosas a la vez. A veces me siento como un iPhone (o cualquier otro smartphone): Siento que tengo que ser multitarea. Y a veces, sólo a veces, me cuelgo. Y me he de reiniciar. Y tardo un rato. Y cierro las aplicaciones que tenía abiertas en segundo plano. Y empiezo de cero.

 

Y me viene a la cabeza, que, a veces, Mariona y yo pedimos a nuestros hijos, a Martí y a Nil, que también lo sean. Que es el mundo que les ha tocado vivir. Como si no se pudiera cambiar! Y les pido que comiencen a abrir aplicaciones: “Venga, levantaos! Ya os podéis beber la leche! Date prisa Nil que se calentará!. Date prisa Martí que se te enfriará!. Vestíos que se hace tarde. Va, que ya sois mayorcitos (y no lo son …)! Tomad la bolsa! Abrid la puerta! Llamad el ascensor!…

Y, a veces, se cuelgan. Y se deben reiniciar. Y, a veces, no lo entiendo, y me pongo nervioso. Pero, a veces, paro…

 

…Paro…

 

…Paro…

 

…Y vuelvo a empezar. Poco a poco. Paso a paso. Por orden. Hablando bajito, y con un poquito más de amor. Y con algo más de sonrisa en mi cara. Y de golpe, de vez en cuando, los niños se reinician. Y todo fluye. Y al cabo de un rato ambos llevan los calzoncillos (a veces en la cabeza, eso sí!) Y se han bebido la leche. E, incluso han tenido tiempo de pegarse, de empujarse, de abrazarse, de gritarse y de ir a la habitación a buscar el juguete para ir a la escuela. Y, a veces, de hacer un pipi o caca de última hora. Aquel pipi que sólo tienen cuando se abre la puerta y ya estás a punto de irte con el tiempo justo…

 

Y, a veces, me doy cuenta que estamos pidiendo a nuestros hijos que vayan a nuestro ritmo. Ritmo de adultos. Ritmo del mundo que estamos viviendo. Y entonces nos pasamos el día corriendo. Hasta que les pedimos que paren. Y que paren de golpe. Ahora ya no toca correr. Ahora a dormir, y de prisa, que tengo que hacer cosas. Y, de repente, paro…

 

…Paro…

 

los voy a buscar a la escuela. Llegamos a casa. Dejo el móvil donde no pueda llegar a verlo ni a oirlo y dejo la mutlitarea. Y me adapto a su ritmo. Y, de repente, a veces, como por arte de magia, me encuentro con una silla en la cabeza haciendo bailar gigantes con Nil, o haciendo una guerra de cosquillas pequeñas, medianas y grandes con ambos, en el sofá mientras me clavo un Tigershark en la espalda. Y nos miramos…a veces…

 

…Y cuando ya hemos cenado, temprano, muy temprano, los cuatro…a veces…nos vamos calmando hasta que llega la hora de ir a dormir. Y los cuatro, entramos en la habitación, nos repartimos las camas y nos estiramos, con calma, a su lado, hasta que poco a poco gritan menos, hablan menos, respiran más deprisa, cierran los ojos, y se ponen a cargar la batería hasta mañana…y conectamos con ellos…y a veces, sólo a veces, pensamos: “Mira qué bien que ha ido hoy”

 

A veces, muy pocas veces…miramos como andan las hormigas, sólo a veces, cuando no tenemos prisa…

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